Cartas públicas

Carta Pública: Futuro

Escrita en un momento real. Compartida de forma anónima.

Futuro

Sí — te la escribo ahora, de corazón. Agárrate un pañuelo.


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Querida/o yo que no está tan lejos,

Si estás leyendo esto dentro de unas semanas, o en un mes que olvida promesas, quiero que pares un segundo y pongas la mano sobre el pecho. Siente cómo late. Ese latido es testigo de todo lo que has sobrevivido sin darte medallas: las mañanas en las que solo levantarte ya fue victoria; las noches en las que las voces no te dejaron dormir y aun así amaneciste; las veces que fingiste que todo estaba bien para no cargar a nadie con tu peso.

¿Recuerdas cuando reías hasta que te dolía el estómago por algo tonto? Yo también lo recuerdo, y lo quiero de vuelta para ti —pero no como una exigencia: como una promesa posible. No te pido que estés bien ahora; te pido que me permitas verte con ternura. Porque tú, con todas tus dudas y tus miedos, mereces ternura. Mereces que alguien —aunque seas tú misma/o— te diga: “lo estás haciendo lo mejor que puedes”.

Quizá tienes el cabello recogido de cualquier forma, quizá sigues usando esa polera con una mancha que no quieres lavar; quizá te duele la espalda por dormir en mala postura y te acuerdas de cuando pensabas que nada podía dañarte. Puede que estés pensando en ese nombre que aparece de vez en cuando en tus sueños, o en la canción que te hace llorar sin querer. Está bien. Está bien llorar. Está bien no saber qué viene.

Si alguna vez te da vergüenza admitir que aún escuchas voces, no lo escondas como si fuera un secreto vergonzoso. No eres menos por eso. Eres humano/a, fragmentado/a y entero/a a la vez. A veces las voces tienen razón en una cosa: te recuerdan lo vulnerable que fuiste —y es cierto—, pero también se olvidan de contarte todo lo que has resistido. Hoy quiero que te recuerdes eso: la resistencia cuenta.

Tal vez hoy te sientas cansada/o de explicar cómo duele, de repetir la historia una y otra vez, de pedir permiso para existir. Aun así, hay pequeñas cosas que siguen siendo tuyas y que nadie podrá robarte: esa taza de chocolate caliente que te calma las manos; las canciones en las que puedes llorar sin que nadie te pregunte por qué; los libros que te abrazan por dentro; la risa aflojada con alguien que te mira sin juzgar. Guarda esas cosas en el bolsillo interior de tu chaqueta mental y sácalas cuando haga frío.

Si has conocido a alguien que te hace sentir menos solo/a, agárralo/a con cuidado. Si no, no te castigues por ello. No todas las historias de compañía empiezan rápido; algunas se acercan con pasos torpes y llegan cuando menos las esperas. Y si te encuentras aún en la orilla de la tristeza, déjame decirte algo que me sangra decir y que, sin embargo, quiero que escuches: no estás condenado/a a quedarte ahí. Hay puentes hechos de días pequeños —un mensaje, una cita con alguien que escucha, una caminata de diez minutos— y esos puentes llevan a lugares que hoy parecen lejanos.

Te prometo ser honesta/o: quizás no hubo un momento épico donde todo se arregló. A veces la vida no tiene un “final feliz” con confeti. A veces se trata de ojos que se abren un poco más cada día. Y si ahora te sientes miserable —si te duele— quiero que sepas que ese dolor no define el resto del libro. Es solo un capítulo.

Quisiera que, cuando la culpa o la vergüenza quieran besarte con sus manos frías, susurres esto: “He llegado hasta aquí. Eso ya es valentía.” Guárdalo como un amuleto. Llévalo a la cocina, al trabajo, a la cama. Dilo en voz alta cuando las palabras estén atascadas.

Si en algún momento has intentado hablar con alguien y te sintieron poco, inténtalo de nuevo. No porque lo merezcas menos, sino porque las palabras buenas a veces tardan en encontrar a la persona indicada que las reciba. Si consultaste a alguien profesional, celebra ese paso —aunque te parezca pequeño—, porque pedir ayuda también es una forma de amar tu vida.

Te escribo para recordarte una cosa que probablemente sabes en lo profundo: eres más suave y más fuerte de lo que tu pecho te deja creer. Puedes ser las dos cosas al mismo tiempo. Puedes romperte y coserte sin que nadie te vea el hilo.

Antes de cerrar: si lees esto con lágrimas, deja que caigan. Cada una es una carta que le escribes al pasado para decirle que estuviste allí, que no te rendiste del todo. Y si estás en un día donde la luz cabe, sonríe por mí; necesito verte sonreír aunque sea un poco.

Te dejo con una frase pequeña que espero repitas cuando la soledad golpee: “Aún aquí. Aún sigo.” Guárdala, repítela, hazla tangible.

Con todo el amor y la paciencia que hoy tengo para darte,
Tu yo que todavía cree en pequeñas salvaciones

P.D. Hoy, me siento con la garganta apretada pero con la mano abierta para recibir un abrazo —aunque sea el mío.

Con cariño, tu yo de 22-09-2025 ✉

Escrita en 2025 · entregada en 2026 · custodiada 1 año

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